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Tu manera de comer deja huella en el planeta

Tu manera de comer deja huella en el planeta

Cualquier acción cotidiana deja una marca en el mundo que nos rodea; nuestros hábitos alimentarios, también. Y algunos están devorando el planeta

Puede parecer una receta sencilla: bizcocho, chocolate y nata. Pero, si tenemos en cuenta las materias primas (cacao, harina, huevos, azúcar…) que usamos en nuestra cocina, junto con el agua y la energía necesaria para producir cada ingrediente, un simple trozo de tarta necesita más recursos de los que podríamos llegar a imaginar. Pero no siempre somos conscientes de ello: cualquier producto o acción cotidiana –desde comer hasta trasladarnos al trabajo o vestirnos– requiere una gran cantidad de recursos y deja un rastro en el mundo que nos rodea. Para calcularlo se utiliza la huella ambiental, un amplio concepto que mide el impacto general que una actividad tiene sobre el medio ambiente, ayudando a definir si es sostenible o no. Lo explicamos a continuación.

El concepto de “huella” engloba varias categorías de impacto en el medio ambiente:

  • Huella ecológica. Mide la superficie productiva de cultivos, pastos, bosques, zonas pesqueras y áreas de infraestructuras necesarias para producir los recursos que consumimos, y el área requerida para asimilar los residuos que generamos. Por ejemplo, la superficie que se utiliza para generar los pastos necesarios en la producción un litro de leche (incluido su envase) es una parte de la huella ecológica de este producto.
  • Huella de carbono. Evalúa la cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero, medida en toneladas de dióxido de carbono (CO2) equivalente (incluye todos los gases causantes del efecto invernadero, como el metano, el óxido nitroso, los hidrofluorocarburos…), que emitimos de forma directa o indirecta como consecuencia del desarrollo de cada actividad que realizamos. Continuando con el ejemplo de la leche, durante toda la producción de un litro de leche (desde la ganadería hasta la industria y el transporte) se emiten 1,6 kg de CO2 eq (equivalente) a la atmósfera.
  • Huella hídrica. Calcula el consumo de agua dulce empleado en la producción de los bienes y servicios que consumimos. Según datos de la organización Water Footprint Network, para producir ese litro de leche se utilizan 1.020 litros de agua. Esta cifra incluye no solo el agua incorporada al producto, sino la que se ha contaminado, la devuelta a otra cuenca o al mar e, incluso, la evaporada en todos los procesos.
  • Huella ambiental. Las dos anteriores se incluyen en la huella ambiental, que valora el impacto global que la producción y el consumo tienen sobre el medio ambiente considerando distintos indicadores, como el consumo de agua, de energía o las emisiones de gases de efecto invernadero. Por ejemplo, la huella ambiental de ese litro de leche engloba desde el agua, la superficie de suelo o la electricidad empleados en su producción hasta la quema de combustibles fósiles para su transporte o los residuos de sus envases.

La huella de lo que comemos

Como hemos visto, toda acción deja una marca concreta en el planeta, que puede traducirse en calentamiento global originado por la emisión de gases de efecto invernadero (huella de carbono), en términos de agotamiento de recursos o con parámetros como la degradación de la capa de ozono, entre otros.

Tomándolo por separado, cada impacto puede ofrecer una perspectiva parcial de la huella ambiental global de un alimento. Es decir, si consideramos solo su huella de carbono o su huella hídrica, podríamos estar obviando impactos relevantes en otro punto del ecosistema. Para tener una visión más amplia, la Unión Europea (UE) trabaja en el desarrollo de una metodología armonizada para calcular la huella ambiental, incluyendo todo su ciclo de vida, desde la extracción de las materias primas hasta los residuos tras su consumo, así como 15 categorías de impacto distintas. “Su cálculo requiere una gran cantidad de datos“, afirma Saioa Ramos, investigadora de AZTI, un centro tecnológico especializado en la cadena de valor de la alimentación. “Si hablamos de yogur, por ejemplo, es necesario conocer los datos de todas las granjas a las que la empresa láctea compra la leche, y el tipo y origen de las materias primas de los piensos; también, la distancia y los modelos de camión que se utilizan para transportarla. Una vez en la fábrica, hay que contar con electricidad, gas natural, agua…, y con los envases. Sin olvidar los kilómetros que recorren hasta el supermercado y hasta nuestro hogar”, explica la experta.

De la dificultad para recabar estos datos surge el proyecto ELIKA-PEF –liderado por EROSKI y coordinado por AZTI–, un sistema avanzado para el cálculo, información y verificación de la huella ambiental de productos alimentarios en el País Vasco. “Consiste en una herramienta que facilita a las empresas la recopilación de los datos para calcular el impacto ambiental de sus productos”, comenta Ramos. Conocer estos impactos permite a las compañías diseñar medidas y estrategias para reducirlos, incluyendo procesos más eficientes y con menor huella ambiental.

Para guiar a los consumidores, el desarrollo de la huella ambiental de la UE también plantea la creación de un etiquetado similar a Nutri-Score, el sistema que mide la calidad nutricional de un alimento. Esta etiqueta ambiental nos ayudará a tomar elecciones de compra responsables teniendo en cuenta aspectos que van más allá del origen o el material del envase y que tienen un gran peso en la huella que generan.

¿Cuánto le cuesta nuestra alimentación al planeta?

Imagen: Getty Images

Tenemos unos hábitos alimenticios que devoran el planeta, por lo que la comida supone un peso muy importante en nuestra huella. La Organización de Naciones Unidas (ONU) cuantifica que la producción de alimentos consume un 30 % del total de energía en el mundo y es responsable del 22 % de las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, se calcula que hace uso del 70 % del agua dulce disponible y del 11 % de la superficie de la Tierra.

El sistema alimentario también se encuentra en el epicentro de la crisis climática. Los expertos del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) instan en un reciente informe –’Cambio climático y los usos del suelo’– a una transformación del sistema alimentario para enfrentar el cambio climático. Una amenaza que, a su vez, ejerce un estrés adicional en los suelos, aumenta su degradación y se reduce el suministro de alimentos (al disminuir, por ejemplo, los cultivos de trigo y maíz).

Superamos los límites de la Tierra

El último ‘Informe Planeta Vivo’ de la organización no gubernamental WWF señala que nuestra huella ecológica ha aumentado casi un 190 % en los últimos 50 años. Esto significa que estamos llevando a la naturaleza al límite, consumiendo por encima de lo que es capaz de generar. De hecho, el pasado 29 de julio, la humanidad acabó con el presupuesto de recursos que la Tierra tenía para todo el año. Es el llamado Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, calculado por Global Footprint Network (GFN), una fecha que se ha adelantado dos meses en los últimos 20 años. A este ritmo de consumo, necesitaríamos 1,75 planetas para satisfacer nuestra demanda.

Esta fecha varía en gran medida según el país. Qatar, por ejemplo, entra en “déficit ecológico” el 11 de febrero, mientras que Indonesia llega hasta el 18 de diciembre sin utilizar recursos extra. Por su parte, los japoneses necesitan 7,7 países como el suyo para satisfacer sus demandas; y haría falta un territorio del tamaño de cuatro veces China para abastecer a los ciudadanos de ese país cada año. En España las predicciones no son mucho más optimistas. Nuestro país ya había agotado los recursos anuales el pasado 28 de mayo. Hasta ese día, vivimos y consumimos como si tuviéramos a nuestra disposición el equivalente a 2,9 países como el nuestro, tal y como asegura Global Footprint Network.

¿Qué debe cambiar?

El consumo desmedido de recursos acelera la crisis climática sin precedentes que vivimos. Por tanto, vivir sin sobrepasar los límites del planeta requiere inevitablemente una reducción general del consumo. Gobiernos, productores y consumidores debemos apostar, además, por formas de producción y de consumo más respetuosas con el medio ambiente.

Como hemos visto antes, nuestro sistema de producción actual es altamente demandante de agua, suelo y energía. “Para mejorarlo es imprescindible realizar buenas prácticas agrícolas y ganaderas“, afirma Celsa Peiteado, experta en agricultura de WWF. Una buena forma de hacerlo es utilizar fertilizantes naturales en vez de abonos químicos y optar por el uso de razas autóctonas y cultivos locales, “mejor adaptados a las condiciones de clima o de suelo” propias de cada territorio. Apostar por la ganadería extensiva ayuda a proteger los pastos –que son sumideros de carbono– y da empleo en zonas rurales. “Además, es importante recurrir al riego deficitario controlado, es decir, utilizar solo el agua que necesita el cultivo para tener cosechas de calidad, a la vez que se respetan los ríos y demás ecosistemas acuáticos”, explica la experta. No pueden dejarse de lado los métodos de producción sostenible, como la certificación ecológica, el sello Marine Stewardship Council (MSC), que garantiza una pesca respetuosa con el medio ambiente, o el sello Global G.A.P (Good Agricultural Practice) que acredita, entre otras, las buenas prácticas agrícolas o la sostenibilidad del pescado procedente de la acuicultura.

Una compra responsable

La otra cara de la moneda, el consumo, es también fundamental en este cambio. Los consumidores tenemos la oportunidad de hacer una compra responsable que disminuya la huella que nuestro día a día deja en el medio ambiente. Para hacerlo, debemos tener en cuenta todas las fases de vida del producto: la producción, el consumo y los residuos. Evitar un envase de plástico no implica que ese alimento sea sostenible, si su producción deja un enorme impacto hídrico en el lugar de origen o si la gran cantidad de pesticidas empleados contamina el agua y el suelo donde crece.

Aunque todavía no se incluye la huella ambiental en la etiqueta de un producto, existen hábitos que el consumidor puede seguir para reducir este impacto. Pequeños cambios en nuestras opciones de compra que pueden tener un gran impacto en nuestra propia salud y en la capacidad de producir alimentos del planeta. Y tú, ¿qué huella quieres dejar en el mundo?

Fuente: consumer